14 Abr 2026, Mar
Redacción

Fausto García


Señora, su cerebro y el mío andan bien, no se preocupe



“El hombre que oculta su pasado se niega a sí mismo” (Fausto García). 

Ocurrió el 19 de marzo del 2025, a las 12:25 p.m., en un restaurante a la altura de la Autopista Duarte, camino a Santo Domingo. Al cerebro no le interesa si lo que usted dice es verdad o mentira, positivo o nega­tivo; lo que realmente le importa es que sea lógico. Por tanto, nuestras ideas y la expresión de estas —a través de diálogos, escritos o gestos— deben poseer, al menos, coherencia. Cuando la lógica se rompe, surgen los problemas. Todos sabemos cuáles son y dónde ­buscar ayuda, pero a menudo preferimos ignorarlo. Si alguien nos sugiere acudir a un profesional, nos defendemos dicien­do que estamos bien. Somos como el «borrachito» de la fiesta al que le piden que se vaya a acostar: —¿Borracho yo? Borracho está usted. Váyase usted, que yo lo sigo…

Hay muchas maravillas en el mundo, pero para mí, la mayor es el cerebro ­humano. ¡Cuántas delicias habitan en ese océano material que contiene una mente inmaterial! Es fascinante la capa­cidad inagotable de ambos, aunque, contra­dictoriamente, esa facultad se agote o atrofie como todo lo terrenal.

Sin ser neurólogo, siempre me ha maravillado ese órgano. Otros animales lo poseen con sus propias características, pero el nuestro parece ser la joya de la creación. Es asombroso contemplar la conformación de esa pieza con forma de nuez y todo lo que es capaz de procesar. Precisamente por ser quien es, procuro cuidarlo y protegerlo de cualquier factor físico o psicológico que pueda afectarlo.

Me fascina encontrarme en situacio­nes complejas donde mi cerebro debe emplearse a fondo para rescatarme de «océanos profundos»; lugares de los que, si permaneciera horas en sus profundidades, de seguro no saldría con vida. Por eso, me maravillo y agradezco al Creador por tan alta distinción. Guardo en mi memoria varios episodios de deci­siones fugaces que me han permitido vislumbrar la potencia de esa masa encefálica; al ver los resultados, me quedo perplejo. No hay palabras exactas para definir su alcance.

Pero aterricemos de la teoría a la práctica. Para hacer honor al título de esta reflexión, aquel día en el restaurante, mientras me dirigía al baño, un mozo me detuvo en el pasillo. Me indicó que no usara el de caballeros porque estaba averiado; que entrara al de damas y que, si llegaba alguna mujer, él la retendría. Obedecí y entré.

Al terminar mi tarea, advertí la presen­cia de otro hombre realizando la misma diligencia. Justo cuando ambos nos lavábamos las manos, ocurrió lo ­insólito: ¡una joven mujer salía de uno de los cubículos! Al vernos, se quedó perpleja. Nos miró de arriba abajo, inspec­cionó el área y su rostro reflejó una duda angustiante: “¿Dónde estoy? ¿He entrado al baño de hombres? ¿Estoy perdiendo el rumbo?”.

Ante su frustración y duda, me abalan­cé mentalmente sobre su confu­sión y le dije de inmediato: —Señora, su cerebro y el mío andan bien, no se preocupe. Dije aquello porque, a pesar de haber sido autorizado a entrar, por una milésima de segundo yo también experimenté ese cortocircuito que ella vivió. Rompimos el hielo al unísono; nos vimos intensamente a los ojos, reco­nociéndonos: somos humanos, estamos vivos y nuestros cerebros funcionan correc­tamente. ¡No ha pasado nada!

Simplemente ocurrió una confusión de dos vivíparos en un espacio correcto para ella e incorrecto para mí, debido a un error del mozo. El mismo que me autorizó a entrar se había movido de su sitio, permitiendo que la joven entrara con naturalidad a su baño. Al regresar, bajo el manto de la ignorancia, él no notó su presencia y me dio paso a mí, y también al otro varón, provocando el encuentro.

Ojalá podamos decirnos a nosotros ­mismos en múltiples circunstancias de la vida: “Calma, calma, que mi cerebro anda bien”. 

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