El paso de un docente, desde la universidad hacia el campo laboral, suele estar acompañado de incertidumbre, temores y retos que, idealmente, no deberían surgir si la formación recibida fuera verdaderamente efectiva. Es común aconsejar al docente que, al entrar a un aula, presencial o virtual, “deje colgada” la vestimenta que trae puesta. Esta expresión puede interpretarse como una invitación a desprenderse de conductas, prejuicios, falacias y actitudes que puedan derivar en prácticas inadecuadas, tanto en lo profesional como en lo personal.
Todo futuro educador debe ser formado en competencia lógica creativa, el pensamiento crítico y el control máximo de emociones, porque este en su rol de interactuar con personas, será un candidato potencial para enfrentar situaciones problematizadoras, y el mostrar un mal manejo de estas lo coloca en una posición de desprofesionalización y podría interpretarse que este en su proceso de formación, fue expuesto más a la enseñanza que al entrenamiento.
¿En la educación superior entrenar es más que enseñar?
Enseñar permite que el futuro docente, desde sus destrezas cognitivas, comprenda qué debe hacer. El entrenamiento, en cambio, fortalece la voluntad de hacerlo bien y le proporciona las técnicas necesarias para actuar de forma adecuada, oportuna y pertinente. Ambos procesos mantienen un vínculo estrecho, podría decirse que la enseñanza responde a la ciencia, mientras que el entrenamiento se acerca a la técnica. Por ello, en una planificación didáctica efectiva, no basta con transmitir contenidos conceptuales; es imprescindible entrenar también en los aspectos procedimentales.
Esta realidad invita a reflexionar: además de carecer de técnicas efectivas para responder con profesionalidad y creatividad a los problemas cotidianos del aula, muchos docentes evidencian debilidades en habilidades blandas como la dedicación, empatía, la compresión, la comunicación efectiva, la adaptabilidad, la paciencia y la flexibilidad. Cuando estas no se desarrollan adecuadamente desde la educación superior, es probable que el egresado no alcance un estándar emocional óptimo.
¿Pueden las Instituciones de Educación Superior (IES) entrenar desde la teoría?
El entrenamiento efectivo se produce cuando las (IES) reconocen estas debilidades y diseñan estrategias para prevenirlas y abordarlas. Esto implica ofrecer experiencias donde el estudiante pueda equivocarse, recibir retroalimentación inmediata y corregir en el proceso, incluso dentro de entornos simulados o laboratorios pedagógicos. A través de buenas prácticas con docentes modelos, acompañamiento guiado y supervisión experta, el futuro profesional no tendrá una vez egresado que enfrentarse por primera vez a la realidad.
El psicólogo social, Kurt Lewin, señaló en 1952 que “no hay nada más práctico que una buena teoría”. Esta afirmación no excluye la práctica; por el contrario, resalta que una teoría de calidad debe sostener y orientar la acción. Sin embargo, uno de los roles más importantes de las IES es integrar teoría y práctica en contextos enriquecidos por las demandas actuales, incluyendo el uso de tecnologías, el análisis crítico y la reflexión valorativa. Un ejemplo ilustrativo es el personaje de Stacey Bess, representado en la película “Detrás de la pizarra”, inspirada en el libro “Nadie los ama, nadie”.
La joven maestra, aunque formada teóricamente, se enfrenta a una realidad adversa que la obliga a adaptarse con residencia y trabajar de manera innovadora con técnicas de integración y colaboración, para lograr un cambio significativo en la forma en como sus estudiantes aprenderían.
El objetivo de la universidad debe ser formar educadores competentes que, además de dominar teorías, desarrollen técnicas pertinentes y habilidades blandas. No obstante, muchas IES invierten considerablemente en infraestructura para áreas como medicina, biología o química, mientras que la carrera de educación queda limitada a espacios tradicionales, sin laboratorios pedagógicos que fortalezcan la formación práctica.
¿Es posible entrenar a un alumno sin base científica?
Vladimir Lenin, en 1908, destacó la relación inseparable entre teoría y práctica. Aunque en algunos casos un docente puede haber sido formado mayormente en la teoría, existen situaciones donde, ante la necesidad, logra integrar sus conocimientos. Esto se observa en personajes como Grace en la obra Project Hail Mary, quien, pese a su limitada experiencia práctica, logra actuar eficazmente cuando se enfrenta a un desafío real.
El verdadero reto está en quienes forman a los futuros educadores, estos deben propiciar experiencias que integren teoría y práctica desde etapas iniciales de formación, mediante contextos reales o simulados, guías didácticas bien estructuradas y un enfoque basado en competencias. Entrenar no es solo enseñar a aplicar contenidos, sino también preparar para enfrentar temores, incertidumbres y actuar con criterio.
En conclusión, la formación de profesionales en educación, requiere transformar la teoría en práctica significativa. Es necesario integrar competencias holísticas, lógicas, creativas y tecnológicas, promoviendo el uso de laboratorios pedagógicos, presenciales o simulados, como parte esencial del proceso formativo. Espacios como centros de práctica dentro de las universidades pueden convertirse en escenarios idóneos para el desarrollo de habilidades.
Aun con recursos limitados, es posible implementar estrategias prácticas funcionales que permitan a los futuros docentes perfeccionar sus destrezas de manera progresiva. Lo ideal es que la institución acompañe este proceso de forma continua, en cada asignatura, como una preparación previa a la pasantía o al trabajo de grado, garantizando así una formación más completa, coherente y aplicable a la realidad educativa.

