La participación de la República Dominicana en la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas constituye una oportunidad para llevar la voz del país a un escenario en el que las naciones están llamadas a dialogar sobre los grandes desafíos de nuestro tiempo.
La presencia dominicana adquiere especial significado en un momento en que el sistema multilateral atraviesa una etapa de profundas dificultades. Conflictos armados, crisis humanitarias, tensiones geopolíticas, desigualdades económicas, cambios tecnológicos y amenazas que trascienden las fronteras nacionales ponen a prueba la capacidad de la comunidad internacional para encontrar respuestas comunes. No deja de resultar significativo que el lema de esta Asamblea General sea “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”. La propia organización reconoce así una realidad que merece atención: el multilateralismo necesita recuperar confianza y demostrar, mediante resultados concretos, su capacidad para responder a las necesidades de los pueblos.
En ese contexto debe valorarse la presencia de la República Dominicana. Un país de dimensiones relativamente pequeñas, pero profundamente vinculado a las dinámicas económicas, sociales y políticas internacionales, necesita de un sistema basado en el diálogo, la cooperación y el respeto a las normas internacionales.
La participación del presidente Luis Abinader ofrece, por tanto, la posibilidad de colocar ante la comunidad internacional asuntos que tienen particular importancia para el país, al tiempo que permite conocer y valorar las transformaciones que se están produciendo en el escenario mundial. La intervención del presidente dominicano debe ser valorada, por ello, no solamente por los planteamientos que formule en nombre del país, sino también por la oportunidad que ofrece para reflexionar sobre el papel que corresponde desempeñar a las naciones en la construcción de respuestas colectivas.
La República Dominicana, como Estado miembro de las Naciones Unidas, tiene interés en que los espacios multilaterales conserven su capacidad de diálogo y concertación. Los grandes problemas contemporáneos difícilmente pueden ser enfrentados de manera aislada. La seguridad, el cambio climático, las migraciones, la seguridad alimentaria, el desarrollo económico, la transformación tecnológica y las nuevas formas de desigualdad requieren cooperación entre países e instituciones. De ahí la importancia de fortalecer, y no debilitar, los organismos creados para facilitar ese entendimiento. Las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y las demás instituciones de cooperación internacional necesitan recuperar capacidad de convocatoria, credibilidad y eficacia para cumplir las funciones que les corresponden.
El desafío no consiste solamente en preservar estructuras existentes, sino en adecuarlas a una realidad internacional que ha cambiado profundamente. La transformación tecnológica, la inteligencia artificial, las nuevas dinámicas económicas y comerciales y la aparición de conflictos con repercusiones regionales y globales exigen instituciones capaces de responder con mayor oportunidad y coordinación.
Para la República Dominicana, participar activamente en estos espacios también significa defender sus intereses nacionales mediante el diálogo, la cooperación y la búsqueda de acuerdos. Un país como el nuestro tiene mucho que ganar de un orden internacional en el que las diferencias puedan ser canalizadas por vías institucionales y en el que las naciones, independientemente de su tamaño, tengan espacios efectivos para hacer escuchar su voz.
La Asamblea General concluirá, pero el desafío permanecerá. Lo importante será que las palabras pronunciadas en Nueva York puedan contribuir a una conversación internacional más amplia sobre cómo recuperar la confianza en el multilateralismo y convertirla en decisiones, acuerdos y resultados. Ese debe ser también uno de los propósitos de la participación dominicana: contribuir, desde su propia realidad y posibilidades, a fortalecer las instituciones internacionales y a preservar el diálogo como instrumento fundamental para enfrentar los desafíos de un mundo cada vez más interdependiente.

