
Hablar de excelencia educativa no significa hablar únicamente de estudiantes que obtienen las mejores calificaciones. Tampoco significa exigir que todos alcancen exactamente los mismos resultados. La verdadera excelencia consiste en ayudar a cada estudiante a desarrollar al máximo sus capacidades, superar sus propias limitaciones y descubrir que puede llegar más lejos de lo que imaginaba.
Un ejemplo es Maggie MacDonnell, educadora canadiense y ganadora del Global Teacher Prize en 2017. Durante varios años trabajó en una comunidad inuit del Ártico canadiense, donde enfrentó condiciones sociales y educativas particularmente difíciles, como el suicidio, el embarazo en adolescentes, la depresión, la deserción escolar y la drogadicción. En lugar de limitarse a enseñar los contenidos del currículo, buscó comprender los problemas de sus estudiantes y desarrollar respuestas educativas conectadas con su realidad.
MacDonnell utilizó la escuela como un espacio para enfrentar problemas que afectaban a la comunidad. Creó un club atlético, involucró a los estudiantes en la preparación de parte de la merienda y promovió actividades que les permitieran asumir responsabilidades, trabajar en equipo y desarrollar habilidades para la vida. Estas experiencias contribuyeron a fortalecer la autoestima, la disciplina y el sentido de pertenencia.
Una frase que identifica parte de su filosofía educativa expresa: “Si quieres llegar rápido, vete solo; pero si quieres llegar lejos, vete acompañado”. La excelencia, desde esta perspectiva, no es una carrera individual. También implica aprender a colaborar, reconocer las capacidades de los demás y comprender que juntos podemos alcanzar resultados que difícilmente lograríamos por separado. Esto plantea una pregunta importante para la educación dominicana: ¿Qué entendemos realmente por excelencia?
Con frecuencia asociamos la excelencia con las calificaciones, los reconocimientos, los primeros lugares o los resultados de las pruebas. Estos indicadores tienen valor, pero no cuentan toda la historia. Un estudiante que pasa de reprobar a aprobar, que vence su temor a participar en clase, aprende a trabajar con otros o descubre una habilidad que desconocía también está alcanzando la excelencia.
En la República Dominicana necesitamos maestros que no se conformen con cumplir el programa. Maestros que observen a sus estudiantes y su comunidad, identifiquen problemas, busquen alternativas y conviertan el aula en un espacio donde los estudiantes puedan crecer y aportar soluciones.
La excelencia educativa comienza cuando el maestro reconoce que cada estudiante tiene capacidades, ritmos, circunstancias y necesidades diferentes. Enseñar con excelencia no significa bajar las expectativas, sino encontrar las estrategias necesarias para que cada estudiante pueda avanzar.
No todos llegarán al mismo sitial, pero todos deben tener la oportunidad de avanzar desde donde se encuentran. La excelencia no consiste en exigir lo mismo a todos, sino en ayudar a cada uno a alcanzar lo mejor de sí mismo.

