Las guerras del siglo XXI ya no se libran únicamente en los campos de batalla. También se combaten en los mercados financieros, en las rutas marítimas, en las cadenas de suministro, en el precio de los alimentos y en la energía. El conflicto entre Irán y Estados Unidos constituye hoy una clara demostración de esa nueva realidad. Aunque durante las últimas horas se han producido señales de una posible negociación para detener la escalada militar, el punto más delicado del enfrentamiento continúa siendo el control del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del petróleo y del gas natural que abastecen al mundo. Las conversaciones diplomáticas avanzan con dificultad, pero la incertidumbre persiste.
Ese es, en la actualidad, el verdadero centro del conflicto. Más allá de los ataques militares, el control de esa estratégica vía marítima tiene un impacto inmediato sobre los precios internacionales de la energía, el transporte marítimo, los seguros de carga y el comercio mundial. Cada nueva amenaza o incidente en esa zona provoca reacciones casi instantáneas en los mercados internacionales y mantiene elevada la volatilidad económica.
Podría pensarse que América Latina permanece distante de una guerra desarrollada a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, la economía global demuestra una vez más que la geografía ya no limita las consecuencias de los conflictos internacionales. La región recibe los efectos mediante múltiples canales: mayores costos de combustibles, incremento del transporte internacional, aumento de la inflación, encarecimiento del financiamiento externo y una desaceleración del crecimiento económico.
La situación, sin embargo, no afecta por igual a todos los países. Aquellos que exportan petróleo pueden beneficiarse temporalmente de precios internacionales más elevados. En cambio, la mayoría de las economías latinoamericanas, que son importadoras netas de hidrocarburos, enfrentan mayores presiones fiscales y comerciales. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) advierte que Centroamérica, Haití y la República Dominicana figuran entre las subregiones más vulnerables, debido a su elevada dependencia de las importaciones de combustibles.
Para la República Dominicana, el desafío consiste en administrar con prudencia ese escenario internacional. Un petróleo más caro repercute sobre el transporte, la generación eléctrica, los alimentos y numerosos bienes de consumo. Aunque la economía nacional ha mostrado capacidad de resiliencia, la persistencia de un conflicto prolongado obligaría a mantener políticas fiscales y monetarias orientadas a contener sus efectos sobre la población.
Los acontecimientos de las últimas horas muestran que existe una oportunidad para la diplomacia, pero todavía no una paz consolidada. Mientras el estrecho de Ormuz continúe siendo un instrumento de presión estratégica, la incertidumbre seguirá acompañando a la economía mundial.
La principal lección es clara: en un mundo profundamente interdependiente, ningún país permanece ajeno a los grandes conflictos internacionales. La paz ya no constituye únicamente un imperativo humanitario; es también una condición indispensable para la estabilidad económica, el desarrollo y el bienestar de todas las naciones.

